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Miniestados, un problema que tiene solución

Desde hace unos meses estamos siendo bombardeados por una gran cantidad de noticias, tanto nacionales como internacionales, que nos enuncian el gran “caos” y desconcierto generado en España con las distintas autonomías, también llamadas por Jose Maria Aznar, Miniestados. Al hilo de todas estas noticias quiero desgranar el fondo de la cuestión: es cierto que las Autonomías, con sus incrementos de gasto público -en algunos casos totalmente descontrolado-, su alta creación de puestos de trabajo -en muchos casos innecesarios y poco productivos- y la falta de un plan de futuro a medio-largo plazo que fomente inversiones estructurales en educación, seguridad, inmigración, sanidad y demás aspectos sociales, hoy en día navegan a la deriva, a golpes con la “incertidumbre”, el “riesgo país”, la “venta de deuda” y sobretodo el desempleo; pero el problema de fondo es otro.

Partiendo de todo lo expuesto parece muy razonable abordar sin más dilación el estado de las Autonomías, sus competencias, su financiación y sobretodo su situación actual desconocida, en muchos casos, por el Gobierno. La realidad es que es muy difícil poner solución a algo que desconocemos y cuyo alcance ignoramos.

En algunos actos de campaña, se ha mencionado a los Miniestados, aún a sabiendas de que el problema de España es la falta de poder del Gobierno Central, expuesto constantemente a las lides con los distintos socios nacionalistas en cada momento de la Legislatura. Esto propicia un nuevo trato desigual de todo el territorio, de las distintas comunidades, aforando el deseo de cada una de ellas de “querer conseguir más y más…”.



Parece que, ante tal escenario, la solución no esté cerca, pero es cuanto menos evidente y palpable que, con la actual legislación electoral generando desigualdades de una magnitud desorbitada, el Gobierno tiene en muchos casos problemas en legislar para todos los españoles. Se producen situaciones tales como que un partido regional tenga mayor representación en el Congreso que otra fuerza política a nivel nacional, teniendo esta última muchos más votos. Parece algo irreal pero es nuestra España; la del Partido Nacionalista Vasco, la de Convergencia y Unió, la de Esquerra Republicana de Cataluña; en fin, que tenemos una visión nacional miope, es decir, no conseguimos ver a lo lejos, solo vemos borroso.

La solución parece ser atajar el problema desde la raíz: modificar la ley electoral para que el Gobierno de España sea elegido por el conjunto de los españoles y no por un cúmulo de acuerdos con otros partidos regionales que han sido votados como mayoría, pero exclusivamente en una Comunidad; tal vez podamos, entonces, encontrarnos en una antesala donde exista un Gobierno Central que sea el director de la orquesta y no ante la situación actual de desgobierno, en la que unos pocos son capaces de cambiar el destino y las vidas de todos.

En la clase política existe un gran miedo y rechazo a los grandes pactos de estado y a las grandes reformas, pero si España aspira, en el siglo XXI, a ser algo más que un compendio de pequeños estados, a los cuales casi no les une ni la bandera, se debería abogar por una gran reforma pactada que modifique de forma sustancial la ley electoral y que permita que la sociedad decida en equidad si el rumbo es uno u otro.

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